Fidel Ernesto Vásquez I.

23.ene.2011 / 12:30 am

Por Fidel Ernesto Vásquez I.

Más de medio siglo ha transcurrido desde que la dictadura de Marcos Pérez Jiménez fue derrocada. Más de cincuenta años que parecían ser llevados por la inercia, por una trayectoria fija que cambió hace una década, cuando las cosas tomaron por fin un curso distinto, orientado hacia la sociedad y concebido desde las bases.

Muchos desconocen el carácter democrático de esos 40 años, otros aseguran que se gozaron de “casi” todas las garantías de un legítimo “gobierno del pueblo”, raíz etimológica del término democracia.

Lo que sí es un punto coincidente entre quienes divergen acerca de lo que en esencia fueron las cuatro décadas posteriores al 23 de enero de 1958, es el hecho de que se mantuvo permanentemente un modelo de mando homogéneo, con cambios en la forma pero no en el fondo que, si bien constituyeron la vuelta a la moneda de la cruenta dictadura que mantenía oprimidos a los venezolanos, no llenaron las expectativas ni dieron respuesta a las demandas de la sociedad entendida como un todo y no como sectores diferenciados con intereses específicos.

Al término de la dictadura perezjimenista, se implementa casi automáticamente lo que muchos califican como el error primigenio de la anhelada democracia: El Pacto de Punto Fijo, un acuerdo firmado el 31 de octubre del 58 (antes de las elecciones de diciembre de ese mismo año) entre los partidos políticos Acción Democrática (AD), Copei y Unión Republicana Democrática (URD).

El objetivo del pacto era conseguir que la recién instaurada democracia fuera sostenible mediante la supuesta participación equitativa de todos los partidos en el gabinete ejecutivo. No obstante, se dejó fuera al Partido Comunista de Venezuela (PCV), uno de los principales activistas en la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez.

Allí nació el bipartidismo entre AD y Copei, puesto que el URD perdió influencia progresivamente en el sistema.

En teoría, el pacto sólo duró hasta el primer gobierno de Rafael Caldera (1969-1974), pero en la práctica, se mantuvo hasta 1999, cuando accedió a la Presidencia de la República, nuestro Comandante  Hugo Chávez Frías, con el consecuente desplome político de dichos partidos y el fin real del llamado sistema puntofijista.
Desde el mismísimo día de las primeras elecciones presidenciales post-dictadura, el tráfico de influencias en la quinta Maritmar (residencia de Betancourt antes de mudarse a Miraflores en 1959) se incrementó notablemente. Sobre la mesa comenzaron a colocarse los nombres de los candidatos a ocupar los más importantes cargos en el esperado Gobierno de Unidad Nacional. Y fue así como se manejaron las cosas durante cuatro décadas. A dedo. Algunas veces se vería en el Gobierno a la pálida pulpa de la guanábana, otras a la concha verde, pero siempre sería la oligarquía criolla que acumulaba el mayor poder económico y político.

El puntofijismo se afianzó en el concepto de democracia representativa con el aparente propósito de recuperar la democracia, adecentar la administración pública, modernizar al país y gobernar para las mayorías con alternatividad en el poder. Bonitas palabras para un cuento bien montado que convenció durante muchos años a una mayoría esperanzada en que el cambio llegaría algún día.

Exactamente cuatro décadas después, el Pacto de Punto Fijo terminó de desmoronarse y fue enterrado con el nacimiento de un nuevo proceso político: la Revolución Bolivariana. Era 1998. Tardó en caer, pero era lógico que sucediera, en vista de la traición que el puntofijismo representó al esfuerzo político, ideológico y humano de tantos hombres y mujeres. Genuino esfuerzo que fue desvirtuado por cúpulas que negociaron su permanencia en el poder.

Tantos años después de aquella firma el país es otro, sin duda alguna. Una nueva arquitectura legal, basada en la Constitución de 1999, está conformando una Venezuela distinta.

Es cierto que aún permanecen vicios, es verdad que aún hay que luchar contra la corrupción y que el sectarismo es un mal no extirpado en su totalidad. Es cierto también que quedan hijos políticos de aquellos 40 años de desgobiernos con los mismos argumentos manidos.

Eso significa que quedan por delante muchos años de esfuerzo. Pero los logros están allí y uno de ellos es la realidad que estamos viviendo. Una realidad sin puntofijismo donde, cada vez más, la población ha ido ganando herramientas para controlar, cambiar o reestructurar los poderes que antes estuvieron lejos de sus manos. Verdadera democracia participativa.

La patria de Bolívar avanza en la construcción de ese sueño anhelado de generar la mayor suma de felicidad para nuestro pueblo venezolano, la america y los pueblos hermanos, bajo el liderazgo de nuestro Comandante Hugo Chávez, un compatriota que ha entregado su vida a construir la patria grande que Bolívar soñó.

El espiritu del 23 de enero renace con la patria bonita del socialismo venezolano, ahora el pueblo ha venido generando politicas, acciones y es que la venezuela del hoy y del mañana es y sera del poder popular.

La esperanza de lograr la suprema felicidad de nuestros pueblos descanza en su lider, el Presidente Hugo Chávez Frías, quien ha devuelto a los olvidados y parias de la sociedad burguesa, la razón de la vida. A lo que era un promontorio de marginados por los gobiernos de AD-Copey y sus aliados, ahora el Presidente Chávez los ha convertido en un ejercito de hombres y mujeres libres, que participan en la construcción de una sociedad mejor, con libertad y democracia verdadera. Ahora el poder reside en el pueblo.

Por eso decimos que Chávez no es ya un hombre, Chávez es idea, es teoria, en definitiva, Chávez es el pueblo.

Este 23 de enero consigue a Venezuela como el territorio de hombres y mujeres libres.

Eso es avanzar, eso es Hugo Chávez Frías.