Fidel Ernesto Vásquez I

15.feb.2013 / 12:01 am

No hubo sector social al que Alí Primera alentará con su canción y los obreros fueron su principal inspiración

Una tranquila noche, en un clima agradable de la madrugada del 16 de febrero de 1985, una ciudad que ya parecía la ciudad de los techos rojos, poco transito, el país celebraba las fiestas de carnaval y los pocos valientes que transitaban la autopista valle – coche no presagiaban la posibilidad de un grave accidente. Tal vez los choferes irresponsables ya habrían cruzado las fronteras de la ciudad de caracas y los que optaron por quedarse en la ciudad se atrevieron a pasear por la autopista y disfrutar de una noche distinta sin el ruido característico de nuestra ciudad capital.
Algo extraño comenzó en esa madrugada, poco frecuente escuchar la voz de la revolución en las emisoras de toda la ciudad, era la voz inconfundible de Alí Primera, insólito, pues la censura gubernamental tenia prohibida las letras del cantor del pueblo: “Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos y a partir de estos momentos es prohibido llorarlos. Vamos cumpa carajo que para amanecer no hace falta gallinas sino el cantar de gallos”.

De pronto la noticia, con las canciones de fondo, se anuncia al país: “En la autopista valle-coche, a la altura del puente de la Nueva Granada, en horas de la madrugada muere en un aparatoso accidente el cantor de música de protesta Alí Primera”.
Amanece y la noticia recorre todo el país, la duda, la rabia y esperando de no ser cierta la información, decenas de veces se anunciaba la muerte del cantautor de los techos de cartón, quizás preparando las condiciones para poder dar muerte a este artista de la canción necesaria, Alí siempre fue un objetivo de los esbirros de la dictadura adeco-copeyana quienes realizaron diversos atentados a su integridad física.
Centenares de personas de todas las edades suspendieron sus viajes, acudieron presurosos a la autopista a verificar la trágica noticia, allí estaban los siempre servidores públicos, los bomberos de la ciudad refrescando un amasijo de hierros que aprisionaba el cuerpo del cantor de los humildes, era cierto Alí Primera había muerto. Un silencio profundo se apodero de aquellos hombres acostumbrados a vivir en tragedias, con la esperanza de sentir alguna señal de vida que permitiera salvar corporalmente la canción revolucionaria. Allí estaba el cantor de los humildes, cantando su última canción, aferrado a su guitarra fusil, disparando contra la muerte mil veces derrotada y que esta vez por pocos segundos había cumplido con éxito su misión. Ali se hizo eterno.